Sufrimiento engañoso
Al circular por las inmediaciones del
Ambulatorio del Zaidin, un compañero observa con
pena el movimiento lento, torpe, con gran
dificultad, quejoso, de un hombre que acababa de
salir con unas muletas, avanzaba lentamente,
vamos, hacia daño verlo, cualquier persona que
tenga un corazón en el pecho, tendría sin duda
la necesidad imperiosa de preguntarle a Dios por
que permite que algunas personas tengan tales
sufrimientos.
Con una leve inclinación de la mano, solicitó
los servicios de nuestro taxista, el cual paró
lo más cerca posible de su posición para así
evitarle innecesarios desplazamientos, quedando
el enfermo a la misma altura de la puerta de
atrás. A continuación se escucha un claro sonido
de muletas dentro del vehículo y un portazo, el
taxista inicia la marcha y cuando llevaba unos
200 ó 300 metros recorridos, mira por el espejo
retrovisor y le dice al cliente: “A donde le
llevo, caballero”, el taxista se sobrecoge,
resulta que no había nadie y al mirar nuevamente
por el espejo ve una escena increíble, el
supuesto invalido se acercaba corriendo al
vehículo, su estilo era increíble, se podía
observar las palmas de las manos totalmente
rectas a lo Carl Lewis.
El compañero detuvo el vehículo de inmediato
subiéndose el cliente, “Que hace usted, como se
marcha sin haberme montado”, el taxista le
contestó:” Usted perdone, pero he escuchado las
muletas y la puerta cerrarse y he iniciado la
marcha”, el “atleta” le aclara: “He depositado
las muletas en los asientos de atrás y me iba a
montar delante y no me ha dejado tiempo, ha
salido usted despavorido”.
Al rato, cuando se le había pasado el enfado al
cliente, nuestro compañero le indicó: “¿Cómo es
posible que pareciera una tortuga con las
muletas, a punto de desfallecer, y saliera
corriendo detrás del taxi de esta forma, me
parece que tiene un poco de cuento, seguro que
no es usted familia de Calleja”, el hombre
reacciono de buen rollo, se tronchaba de la
risa, al final se delató: “Es que soy muy bueno
en esto del teatro, solo hago lo necesario para
engañar al médico y seguir de baja, y encima de
todo me divierto, ande pare ahí que me voy a
tomar dos cervecitas fresquitas a su salud”.
La escena final fue lo mas cómico, el cliente
abandona el taxi tan contento, chiflando, y se
disponía a entrar en el bar con las dos muletas
al hombro, parecía un torero paseando por la
plaza sus dos orejas y el rabo ante el delirio
de la gente...
Escritor:
Antonio Jesús Centeno Gómez
Catedrático en Taxitología.