Entierro frustrado
Mes de junio, cinco de la tarde, primavera, en
la Gran Vía de Colón una señora requiere los
servicios de un compañero, parecía llorar, al
abrir la puerta se observa cómo le tiemblan las
manos ostensiblemente, está muy nerviosa, sin
duda algo le ha pasado que la tiene muy
alterada.
Una vez dentro del vehículo, le dice al taxista
que la lleve a la calle Real de Cartuja, la
señora tendría más de 80 años y miraba al
compañero a los ojos pidiéndole a gritos que le
preguntara que le pasaba, sin duda necesitaba
sacar fuera lo que le atormentaba.
“Esta usted bastante agitada, si quiere puede
contarme lo que le pasa si así encuentra
consuelo”, le dijo el taxista con una cara de
sacerdote bonachón, al cabo de pocos segundos la
mujer empezó a sollozar diciendo: “Es que vengo
de la zona del Mercado de San Agustín de unas
obras de rehabilitación, e iba a pedirle al
encargado que a cambio de una buena propina, me
dejara enterrar en este sitio a mi querido
Matías que se me había muerto la noche
anterior”, el compañero tragó saliva pensando
que la señora no estaba en sus cabales.
“Cuando estaba ya cerca de la obra, han pasado
unos chorizos y me han robado a Matías, y ya no
le puedo dar cristiana sepultura”, en este punto
la señora se muestra inconsolable, por sus
mejillas corrían las lagrimas, “No, si ahora le
han robado el muerto, esto es increíble, la voy
a llevar directamente a la casa de los locos”,
pensaba el taxista para sus adentros.
El taxista tenía una sensación de intriga y
curiosidad tremenda, ante lo cual le requirió a
la clienta que le contara los pormenores de la
historia, resultando que se le había muerto
Matías y lo había introducido en su bolso y al
llevarlo para que lo enterrasen, pasaron unos
motoristas y le robaron el bolso llevándose el
cadáver de Matías.
El compañero no podía mas, como es posible que
metas un cadáver en un bolso, lo lleves a
enterrar como si nada a una obra y te lo roben,
finalmente le dijo a la señora muy serio:
“Dígame usted ahora mismo quien es Matías que me
estoy mosqueando”, al escuchar estas palabras la
clienta se echo a reír aclarando que su amado
Matías era su Gato.
Al llegar al destino, la señora estaba ya más
animada y el taxista para calmarla le dijo:
“Estoy seguro que los delincuentes, al ver el
cadáver de Matías, lo habrán enterrado
cristianamente, y hasta le habrán rezado un
Padre Nuestro”.
Escritor:
Antonio Jesús Centeno Gómez
Catedrático en Taxitología.