Deslealtad
Llueve. Las gotas de agua se deslizan suavemente
por el cristal, sinuosas y aletargadas, parecen
susurrarme historias olvidadas en mi memoria. La
calma se interrumpe solo por algún sonido
invasor no anunciado. A veces soñamos
despiertos, nos creemos estar inmersos en
situaciones inesperadas y maravillosas, que se
derriten bajo el calor del desaliento cuando nos
azota la cruda realidad.
Iguales sentimientos tuve cuando recogí a un
hombre y una mujer jóvenes, bellos, ardientes de
deseo, impregnados de un halito de candidez y
amor que se creía verdadero. Recorrimos las
calles de la ciudad flotando al compás de una
canción sublime y eterna, todo era perfecto.
Al cabo de un rato, la ensoñación se interrumpió
al bajarse del vehículo el hombre, después de
entregarse en un último beso, el de la
despedida, a la dulzura y la miel de los labios
de su enamorada.
El camino continuo, tenía el alma turbada de
emoción al observar tan prodigas sensaciones de
amor dentro de mi vehículo, por un momento mis
problemas se evadieron.
A solas con la mujer, cuando era más intensa la
sensación de equilibrio que me invadía, la
clienta me comento: “Pare en esta esquina, que
me está esperando mi marido”. Al sacar las
maletas del vehículo le explicaba a su marido:
“He tenido unos días de trabajo intenso, que
fastidio, solo pensaba en ti, cuanto te he
echado de menos”.
La torre de naipes cayó en redondo, aquel no era
un amor sincero y bello, era una relación
tormentosa basada en el engaño, peligrosa
fantasía ver luz donde solo hay las tinieblas de
la deslealtad, que torpes somos los seres
humanos al creernos lo primero que vemos.
Cuando una persona llega a una ciudad y se sube
en un taxi, podrá obtener conocimiento y
sensaciones de dicha ciudad nada más llegar, los
taxistas tomamos el pulso a la vida,
diariamente, constantemente, y a veces también
nos equivocamos.
Escritor:
Antonio Jesús Centeno Gómez
Catedrático en Taxitología.