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Cariño, tu me vas...
 

Un matrimonio solicito los servicios de un compañero en la Plaza de Santo Domingo, habían estado visitando el granadino barrio del Realejo, habiéndose quedado encantados de su gente, del Cristo de los Favores, las tapas,etc……, a mí me pasa igual, me encanta este barrio con tanto sabor, algunas mañanas de domingo, acudo a callejear y tomar el pulso a la vida que estalla en sus calles y plazas, aun recuerdo aquel año lejano que salí de penitente en la Cofradía de la Virgen del Rosario, se me ponen los pelos de punta el recordar la “Salve” cantada por los marineros. 

Querían ir a Almuñécar, estaban interesados en ver la costa de Granada, observar las playas y sus instalaciones. Durante el trayecto le relataron al taxista los días tan estupendos que estaban pasando en Granada, explicándole con detalle los lugares visitados y los excelentes platos que habían degustado.

A la altura de Salobreña, el hombre se puso serio, inquieto, tenía la mirada perdida, observando el compañero que tenía la cara amarillenta, parecía sudar. Al poco empezó a llorar levemente, volviéndose a la mujer diciéndole lo siguiente:

“He inventado venir a Granada estos días para reflexionar sobre los dos, y al callejear por las bonitas calles del Realejo, he pensado que solo se vive una vez y que no puedo continuar con esta farsa, desde hace un tiempo no siento lo mismo de antes por ti, además te he de reconocer que he conocido otra mujer, quiero que nos divorciemos, lo nuestro ha terminado”

La esposa no se creía lo que estaba escuchando, toda la alegría de la cara se le había esfumado en un segundo, acudiendo un rubor a sus mejillas intenso, a continuación empezó a llorar de manera desconsolada. 

El taxista opto por no decir nada, al llegar a Almuñécar le pidieron que esperara un poco y fuera del coche iniciaron una discusión impresionante, no faltando un conato de desmayo de la señora, “Pobrecilla, que faena tan grande, para eso la trae a Granada el tío canalla, con la cara de buena persona que tiene”, pensaba el taxista mientras veía la escena final del bofetón en la cara. Después de darle el tortazo al marido, la señora se subió en el taxi con rapidez, pidiéndole al taxista: “Vámonos para Granada y que se quede aquí el cabronazo este”, cumpliendo el compañero esta orden de inmediato mientras pensaba: “Muy bien, con dos cojones, que se vaya a la mierda el tío feo ese”. 

Por la noche, descansando en la cama mientras leía la revista TAXI LIBRE, a nuestro taxista le invadieron los miedos, volviéndose a su esposa diciéndole: “Cariño, tú me vas a dejar………..”

Escritor:
Antonio Jesús Centeno Gómez
Catedrático en Taxitología.

  

 
 


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AGUAS de LANJARÓN, el agua de Sierra Nevada