El
asiento de la Abuela
Todos los taxistas en algunas ocasiones, se han
lamentado de haber realizado algún tipo de
servicio al experimentar situaciones de duda,
incertidumbre, miedo y hasta de ridículo, como
en esta historia que voy a relatarles.
Parece que lo estoy viendo como si fuera ayer,
un hombre fuerte, alto, muy buena persona, de
trato agradable, el cual fue requerido para
realizar un servicio para trasladar a una
familia de vacaciones estivales a la costa
Granadina.
Al llegar al punto de partida, se encuentra con
varios familiares y le indican que esperara un
momento que estaban bajando bultos, maletas y
cosas necesarias para las vacaciones, a
continuación observa como sale del portal una
simpática anciana del brazo de su nieta, la cual
saluda a nuestro compañero con una sonrisa de
felicidad cual niña pequeña que se la llevan de
excursión.
Nuestro taxista se apiada de la situación, por
buena gente y para dar premura al tema, decide
subir al piso con los familiares para ir bajando
también cosas, después de varias idas y venidas
se producen los hechos desgraciados que nunca
olvidara.
Cuando solo quedaba el ultimo viaje, nuestro
compañero observo que nadie había cogido una
silla forrada, al ir a cogerla vio que estaba
hueca y que estaba adornada con telas por los
alrededores, sin pensárselo dos veces, agarra la
silla e introduce el brazo por el agujero
poniéndosela a la altura del hombro.
Cuando estaba a punto de salir del portal
escucha decir: “A ver quien es el guapo que sube
a por la silla de cagar de la abuela “, en ese
momento aparece nuestro hombre con la silla al
hombro mientras los familiares hacían lo
imposible por aguantarse la risa. Al comprender
el artefacto infecto que había cogido, observó
el color amarillento de las telas que envolvían
la silla dejándola en el suelo con presteza,
invadiéndole un tremendo asco.
Señores, para que luego digan que no es duro el
oficio de taxista.
Escritor:
Antonio Jesús Centeno Gómez
Catedrático en Taxitología.